Entrevista sobre la verdadera alegría

¿Cómo decidiste dedicarte a las personas sordas?
No fue una decisión sino un llamado de Dios. Cuando conocí la comunidad sorda, y me enteré de sus barreras de comunicación, que muchas veces estaban privadas de conocer a Dios por falta de medios, y que estaban muy aisladas y en soledad, sentí a un Dios mendigo de mi vida, que me decía: “¡Tengo sed!(Jn 19) Dame de beber (Jn4). Solamente necesito tu vida disponible para esta realidad. Te aseguro sea el gesto más pequeño que hagas a mi hermano sordo, a mi lo has hecho, es a mí a quien estás amando.” Después de captar a un Dios tan pobre ya no podía decir no a esta invitación, sino lanzarme a amar tal como soy y con lo que tengo.
¿Cómo vive la fe una persona sorda?
La persona sorda no vive la fe de manera distinta de la persona oyente, pero su captación es distinta. Nosotros los oyentes estamos acostumbrados a oír, a expresar a través de la palabra. La persona sorda expresa su fe a través de lo que ve, de lo visual, por eso la imagen tiene mucha importancia. Se expresa en lengua de signos, sin embargo la esencia es la misma: el amor. Todos estamos llamados a amar aunque respondemos de manera distinta.
¿Las personas sordas tienen mayor facilidad para vivir el silencio interior que las personas oyentes?
Así como nosotros oyentes tenemos distracciones los sordos también. Aunque no oigan esto no quieren decir que no tienen distracciones. Para ellos no es fácil el silencio interior; la persona sorda se comunica con los ojos y la imagen está siempre presente y esto provoca otro tipo de ruido. El concepto de silencio es distinto para la persona sorda. Para el oyente el silencio es ausencia del sonido y para el sordo es la abstracción de las imágenes, porque con la discapacidad los sordos han desarrollado otros sentidos.
¿Debemos acercarnos a una persona sorda de forma especial?
No, la persona sorda es igual a cualquier persona oyente. Lo primero es no tener prejuicios frente a ella y no tener miedo de acercarnos. Debemos acogerlos como acogeríamos a un amigo, a un hermano. La acogida debe ser mutua, tanto de nuestra parte como de ellos. Lo segundo es adentrarnos en su forma de comunicar, compartiendo la vida de una forma muy sencilla y después entrar en su idioma, que es la lengua de signos. Lo más primordial es sentir que el otro no es un discapacitado sino un hermano y así aprendemos mutuamente mucho unos de otros.
¿Se puede vivir la alegría aunque nos falte el sentido del oído?
La alegría no viene de una perfección física. Una persona con todos sus sentidos tiene limitaciones. Todos nosotros somos “discapacitados”, porque todos tenemos límites. Cuando nos reconocemos limitados, ya no se asusta tanto los limites que nos encontramos en las relaciones personales y sociales.
La alegría no viene de uno mismo, la alegría es un don del Espíritu Santo; tanto si somos discapacitados como sino lo somos, es un regalo de Dios. La alegría profunda viene del encuentro con Cristo en nuestra cotidianidad; de reconocer que Cristo está en todas las situaciones. Así, podemos reconocer que somos prodigios tal como somos y no como la sociedad a veces nos impone y nos dice como debemos ser.
¿Cuál es la alegría del Evangelio?
La alegría del evangelio es que somos muy amados tal como somos, porque somos hijos de Dios y no porque somos perfectos. Entonces uno se siente encajado en su lugar, y este lugar nadie nos lo puede quitar. Desde aquí Dios nos llama a abrir, a acoger, a buscar los perdidos, que hoy muchos de ellos son los discapacitados, porque son marginados, están en la periferias, en la soledad. Estamos todos llamados a construir la cultura de la vida, del encuentro, que es ayudar a acoger a todos, sean como sean.
¿Cuál podría ser nuestro aporte como cristiano?
El cristiano debe abrirse y acoger al otro, en su diversidad. Estamos llamados a vivir la cultura del encuentro, a salir de nosotros mismos e ir hacia a los demás, pero no con una respuesta ya preparada sino a escuchar al otro, lo que vive, lo que afecta, lo que le alegra… Se trata de estar cerca del otro, de acompañarle. La pregunta sobre la fe debe surgir como en el tiempo de los primeros cristianos, que la gente diga: “Veo tu vida distinta, ¿Cómo es eso?” El distintivo es que el amor que ven viene de Otro. No podemos ser rígidos, ni duros, ni tener el semblante triste, encerrados en nuestro grupo sino recuperar lo más verdadero de un testimonio de fe, la alegría. (Evangelii Gaudiun 1)

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