El Rostro de Cristo se revela en el hermano discapacitado

En los últimos meses las noticias nos han transmitido de nuevo de la cercanía del Papa Francisco a las personas con discapacidad; en su visita a Filipinas cuando intentó hablar en lengua de signos propia del país (las lenguas de signos no son universales), y en el encuentro via internet organizado por “Scholas Ocurrentes”. En ambas ocasiones el Papa nos ha retratado el rostro de Cristo en el hermano dicapacitado, y el valor inmenso de cada vida. El Papa pronunció unas palabras muy bonitas que creo que tenemos que aplicar a todos, no solamente a los discapacitados; “Todos ustedes tienen un cofre, una caja, y adentro hay un tesoro. Y el trabajo de ustedes es abrir la caja, sacar el tesoro, hacerlo crecer y darlo a los demás, y recibir de los demás el tesoro de los demás”.

Todos nosotros tenemos capacidades que podemos desarrollar y ofrecer a los demás, capacidades distintas pero nos complementamos unos con los otros; no somos islas sino un todo y cada uno aportamos un “rostro de Cristo”.

La persona discapacitada tiene eco en el corazón de Cristo, pues sus llagas tienen necesidad de ser escuchadas y reconocidas, porque muchas veces la sociedad perfeccionista en que vivimos sufre con frecuencia la tentación de ocultar a estos hermanos; a veces queremos que no sean visibles o queremos descartarlos, quitando importancia a su condición. Sin embargo, es Cristo que está en ellos, está oculto , pero está… Muchas veces no lo vemos así, no lo reconocemos, porque quizás humanamente es más fácil ver a Cristo en lo bello, en lo perfecto , en lo agradable…

Las personas discapacitadas necesitan, de forma especial, ser escuchadas, ya que tienen voz y tienen corazón, aunque no salgan tanto en los periódicos o no sean noticia. Ellas son también la realidad del Cuerpo de Cristo y son nuestros hermanos. Son los sencillos, los pequeños, los humildes, a quienes nosotros a menudo consideramos los últimos, y sin embargo, son aquellos que más fácilmente se dejan ayudar, porque no se avergüenzan de su realidad.

Muchos de nosotros, si sufrimos la mínima vulnerabilidad, debilidad o fragilidad, tenemos tendencia ocultarla, sin darnos cuenta de que Dios está deseando venir a nuestras vidas y expresar su amor por lo más débil de nosotros, haciéndose carne; carne de Cristo.