Dios se llama humildad.

Al final del mes de octubre, un grupo de personas sordas y sordo- ciegas fuimos a Fátima (Portugal). Queríamos finalizar el Año Jubilar de la Misericordia bajo el manto de la Madre.

Así pudimos participar en las celebraciones del centenario de las apariciones de la Virgen a los pastorcitos. El ángel se apareció a los pastorcitos en 1916, y en mayo de 1917 la Virgen  se apareció a estos tres humildes niños pastores en la Cova de Iria: Lucía, Jacinta y Francisco.

Fueran días muy intensos, de silencio interior, oración… de encuentro con el Dios de las misericordias. Pudimos descubrir la inmensidad del amor de Dios frente a nuestras pobres vidas, cargadas de debilidades y flaquezas. Es Dios quien nos hace hombres y mujeres fuertes para anunciar su misericordia. En esta experiencia nadie es excluido, ni descartado, ya que todos tenemos un lugar muy especial en el corazón de Dios.

Desde el ambiente de sencillez de Aljustrel (pueblo de los pastorcitos) y recorriendo el Vía – Crucis hasta llegar a la Cova de Iria (lugar de las apariciones de la Virgen), contemplando la naturaleza, el sol, y tantos rostros de diferentes nacionalidades …, pudimos percibir internamente  la sencillez y la confianza de Dios, y su invitación a ser nosotros realmente humildes: “Bienaventurados los humildes, porque ellos heredarán la tierra” (Mt 5,5).

Las personas con discapacidad sufren a menudo el descarte de una sociedad que se quiere definir como perfecta o que aspira a serlo. Pero ¿qué es ser perfecto? Nadie es perfecto, todos tenemos nuestras debilidades y flaquezas (nuestras discapacidades).  Creo que todos, en algún momento, nos hemos sentido descartados y excluidos: muchas veces al no dar la talla de lo que se me pide, al no ser este “gran” profesional, al no ser la esposa o esposo adecuado con la palabra y el gesto oportuno, al no ser coherente con la fe que he recibido, al haber defraudado o al sentirme defraudado…, descubro y descubrimos nuestras limitaciones. Ciertamente sólo Dios es perfecto en su Amor incondicional y su Misericordia es lo que nos hace capaces de reconocer todo lo bueno, todo el amor que hay en nuestras vidas. Ésta ha sido la experiencia, junto a la Virgen: nadie es excluido pues la Madre acoge a todos sin tener en cuenta la condición, raza, cultura o idioma. Somos hijos predilectos y muy amados por Dios y por Ella.

María nos enseña a ser peregrinos en esta tierra, a saber acoger las circunstancias de cada día desde de la mano del buen Dios; Ella que vivió una vida oculta nos ayude a descubrir y guardar todos los signos del Amor de Dios cada día.  Madre buena, ayúdanos a guardar la fe de tu Hijo.

 

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