Jesús elige a los marginados como testigos

El Papa Francisco nos hace a nosotros como Iglesia un gran llamado: vivir y crear «la cultura del encuentro».

«La cultura del encuentro» significa que debemos incluir en nuestra vida, como cristianos, a las personas que se sientan marginadas. La sociedad no está adaptada para algunos colectivos. Son muchos los colectivos con necesidades y cada vez más surgen nuevas pobrezas en nuestra sociedad. Una sociedad que busca el perfeccionismo y que a veces opta por el bienestar y «ciertas seguridades» ¡Cuántas vidas que día a día no nacen por este motivo!

Quizás el hombre de hoy es más vulnerable y es incapaz de enfrentar el sufrimiento y mostrarse débil y necesitado. Sin embargo, no somos nosotros los dueños de la vida y no tenemos todo el control sobre ella. Aunque la medicina ha avanzado mucho, hay reconocer que todo es Gracia de Dios. La condición humana es débil y frágil. Cada día estamos expuestos a ella, no estamos libres de nada por muchos medios que pongamos, es Dios Quién lleva nuestra vida.

La cultura del encuentro es la cultura donde las debilidades y las fortalezas  están unidas y se encuentran continuamente. Un momento o una circunstancia de debilidad puede ser ocasión de fortaleza. Cuando en la vida hay una debilidad o fragilidad fuerte, podemos pasar por un momento de dolor, de sufrimiento, de shock, de negación, o de enfado, a un momento de aceptación hasta a la resiliencia. Nos hace más fuertes y testigos de un amor que es más fuerte, superando barreras y ciertos prejuicios que a veces tenemos.

La persona con discapacidad es un elegido de Jesús. Jesús la ha amado desde siempre y también se ha entregado en la cruz por ella, no tiene menos valor. En la cruz está el valor de cada ser humano. Jesús siempre amó a todos por igual, aunque tenía sus preferencias, los marginados en su época: los paralíticos, los sordos, los ciegos, los enfermos, la viuda, la adultera, etc. Jesús amó con todo su ser a cada uno. Cada persona se sentía conocida por Él, reconocido, respetado, amado, perdonado, y esto le llenaba a cada uno con una nueva alegría. Les daba sentido a sus vidas. Y eso se translucía, por ejemplo, en la curación del ciego, que después de la curación fue pregonero de la Buena Nueva. A Jesús le gustaba ir al encuentro de las personas marginadas, para hacerlas testigos. Las personas marginadas, excluidas, despreciadas a nuestros ojos, Jesús veía en ellas una belleza infinita y veía un lugar de encuentro. Eran personas marcadas por el sufrimiento, por la enfermedad, por la discapacidad. Jesús va a sanarlas y restaurar su dignidad plena.

La figura del ciego, que relata en el evangelio de San Juan, se veía como un castigo de Dios, un rechazo social. Jesús rechaza esta forma de pensar. El ciego no merece el castigo, sino que Jesús devuelve la vista, la nueva dignidad y le hace testigo de la misericordia.

Jesús sintió en primera persona el rechazo de los suyos, por eso comprendía muy bien el corazón de la persona marginada y excluida. Él mismo, fue excluido y marginado por curar los sábados, por decir que era Hijo de Dios. Excluido hasta en forma de morir, siendo Dios: ¿Cómo podía morir en una cruz como un ladrón?  Sin embargo, en la cruz Jesús instaura un nuevo amor, un amor fraternal y ve a todos los hombres dignos de su amor y de su entrega.

De este modo, Jesús nos abre una nueva visión de la vida y de la fe. Una nueva cultura del encuentro. Solamente, las personas que reconocen su fragilidad y sus límites pueden construir relaciones fraternas y solidarias en la Iglesia y en la sociedad. Cuando no reconocemos nuestros límites, diría que estamos “ciegos”. Somos humanos, sencillamente personas creadas por Dios, pero muy amadas por el Creador. Somos vasijas de barro, pero dentro llevamos un gran tesoro que es la infinita misericordia del Padre. Dios habita y cohabita en nuestras fragilidades y límites.

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Evangelizar desde la diferencia

Todos somos hijos de Dios, desde las semejanzas y las diferencias. Diferencias respecto al país de origen, idioma o cultura. Sin embargo, tenemos una gran semejanza y es que todos somos amados por Dios y tenemos la misma capacidad de amar al hermano.

A veces pensamos que la entrega total o la más plena es para gente “especial”, que es  para sacerdotes, misioneros o vida consagrada. Sobre todo, cuando nos movemos en un ámbito religioso, pero todos los bautizados son evangelizadores en potencia.

El bautismo nos hace ser profetas, sacerdotes y reyes, es decir, cada bautizado tiene la misma capacidad de transmitir el amor de Dios con sus palabras o gestos. Con el bautismo somos incorporados a la Iglesia, unos con más talentos que otros, con más o menos capacidad intelectual o física, pero todos hijos de Dios con la misma dignidad. Somos igualmente dignos ante nuestro Padre Dios, porque somos amados por Él tal como somos.

Las personas con discapacidad son felices cuando se sienten amadas y valoradas, entonces son verdaderos transmisores de la alegría de Dios. Dios no hace distinción con ninguno de sus hijos; por eso, este año tenemos como lema: “Evangelizar desde la diferencia”.

La diferencia está en la forma de demostrar el amor a los demás. Las personas con discapacidad cuando son acogidas en la Iglesia y tienen un espacio adecuado para evangelizar, dan un testimonio muy fuerte de la fuerza del amor de Dios en sus vidas. Tienen otras capacidades que muchas veces son invisibles, pero «lo esencial es invisible a los ojos humanos». Cuando nuestros ojos (los ojos del corazón) se abren a la realidad de estos hermanos muy fácilmente reconocemos que son un don para nosotros y  para la Iglesia. Ellos también pueden y deben ser protagonistas de la evangelización.

El Papa Francisco, en el Jubileo a las personas con discapacidad dijo: «Si todos fuésemos iguales el mundo sería muy aburrido». En la diversidad está la riqueza, la diversidad no es una amenaza, es más bien el lugar para encontrar las huellas de Dios, para ser creativos en la nueva evangelización, que busca la inclusión de todos. Para estos hermanos no hay límites, ni frenos, necesitan de nosotros que creamos en ellos. La persona con discapacidad tiene un gran aporte a la Iglesia. Ellas nos abren los ojos a la gratitud de vivir la vida como un verdadero regalo.

Nuestra vida y nuestro entorno es frágil. El hecho de que muchos de nosotros no tengamos discapacidades no es garantía ni seguro de vida. ¡Quizás tenemos discapacidades invisibles! «Lo esencial es invisible para los ojos» (El principito).

Encuentro Nacional de Jóvenes Sordos

La Pastoral del Sordo organiza un encuentro nacional de jóvenes. Es un encuentro muy dinámico. Donde puedes disfrutar de compartir con otros jóvenes de tu edad. Hay tiempo y momentos para todo; sobre todo para compartir experiencias, tiempo para divertirse, tiempo para disfrutar con otros jóvenes que quizás no conocías, tiempo para hacer senderismo, tiempo de juegos, tiempo de película, tiempo para andar de barco, pero lo más importante tiempo para Aquel que más te ama: Jesucristo. Tiempo de oración y reflexión.

Tu vida es importante, tienes mucho que dar y aportar a la sociedad.

¡Contamos contigo!

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Día Internacional de la Discapacidad

La Pastoral del Sordo, la Pastoral del Ciego CECO, Fe y Luz SIN BARRERAS y la Comunidad JUAN XXIII celebramos el Día Internacional de la Discapacidad en la Parroquia San Antonio de Padua de Guadalajara el domingo 4 de diciembre.

La Eucaristía fue el inicio de nuestra celebración, el centro en nuestra vida de fe, para continuar anunciando quiénes somos y qué hacemos, y terminar con comida compartida y fiesta.

Fue un bonito día en el que celebramos también nuestras capacidades, ya que en lo más importante no tenemos ninguna discapacidad, que es en el AMOR. Me gustaría que el mensaje del amor lo tuviésemos grabado en nuestro corazón para que cayesen todas las barreras en torno a las personas vulnerables y necesitadas.

Coincidiendo este día con el II Domingo de Adviento, la Palabra nos invitaba a la conversión; si de verdad seguimos esta enseñanza y la aplicamos en nuestra vida, puede ser una realidad, este amor a todos sin excepción.

El Papa Francisco, con motivo del Año Jubilar de la Misericordia, dice “la persona enferma y discapacitada, precisamente a partir de su fragilidad, de su límite, puede convertirse en testigo del encuentro para construir relaciones fraternas y solidarias en la Iglesia y la sociedad”. 

Este día me hace reflexionar bastante sobre cada uno de nosotros y las capacidades que nos acompañan, porque como personas estamos llamados a dar lo mejor de nosotros mismos. Dios nos quiere como somos, y lo único que nos pide es amar a los hermanos como Él nos ama, porque en el amor no hay limitaciones de ninguna clase.

En nuestras comunidades crecemos en la fe y hacemos cosas juntos, creando a la vez fuertes lazos de amistad para caminar unidos hacia el encuentro con el Señor, aunque ya lo sentimos cerca porque se encuentra entre los más vulnerables e indefensos. Nuestras dificultades compartidas son menores, y crecemos en alegría y entusiasmo compartiendo entre nosotros, y con las puertas abiertas a toda persona que desee acercarse y conocernos para, igualmente, caminar en comunión compartiendo los dones recibidos que nos acompañan.

Esther Pérez