Quienes somos

 “… los ciegos ven, los sordos oyen y los pobres son evangelizados” Lc.7, 22

Estas palabras de Jesús de Nazaret tienen un sitio en el corazón de todo cristiano y de forma especial en aquellas personas sordas. Los pobres han sido siempre los preferidos del Señor y de la Iglesia.

La sordera es un grave obstáculo para la comunicación. Esta limitación, que no se ve ni se oye, y que con tanta frecuencia no llama la atención para ser atendida en sus limitaciones, nos pide a nosotros, como Iglesia,  que estemos cercanos y nos preocupemos de sus necesidades específicas.

 

Como el Papa Francisco, en algunos de sus discursos, habla de la “cultura del descarte”, esta es una realidad que me encuentro a menudo por ser una minoría tanto cultural o social, se descarta el valor de la dignidad humana.

 

Las personas sordas necesitan una dedicación específica y personalizada. Cuando asisten a una celebración litúrgica, a menudo lo pueden hacer como espectadores de lo que hacen los oyentes, con graves dificultades para entender su contenido. El Evangelio pide una acción pastoral con el objetivo de ofrecer a las personas sordas, todo lo que de ordinario encontramos en nuestras parroquias, – para las diversas etapas de la vida- teniendo presente su psicología, su método de comunicación visual -que se puede apoyar con la Lengua de Signos.

Aunque Dios no habla al oído sino al corazón de las personas, todos, sordos y oyentes, corremos el riesgo de no escucharlo cuando nos pide que nos acerquemos a todos en sus circunstancias.

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