¡Effatá! ¡Ábrete!

La palabra “effatá”, nos trae a la mente el evangelio de S. Marcos (7,31 -37). Jesús lleva a parte a un hombre sordo y mudo. Jesús no se queda indiferente, lo toca y pronuncia una palabra: “¡Effatá!”, que quiere decir: “¡Ábrete!”

El Evangelio es muy actual, no son palabras que un día Jesús pronunció o un gesto que hizo. Es algo más; “Jesús no cura sólo la sordera física, sino que existe otra forma de sordera de la humanidad que debe curarse, es más, de la que debe ser salvada: es la sordera del espíritu, que levanta barreras cada vez más altas a la voz de Dios y del prójimo, especialmente al grito de socorro de los últimos y de los que sufren, y que encierra al hombre en un profundo y corrosivo egoísmo.” (Papa Benedicto XVI – 20 de noviembre 2009)

Con estas palabras del Papa Emérito, me gustaría poder hablar desde la Pastoral del Sordo. Una pastoral minoritaria, es verdad, pero a la vez compleja. ¿Por qué compleja? Es compleja porque tiene un contexto sociológico, médico y psicológico y ético- espiritual, muy particular.

En los evangelios se habla de los milagros de Jesús, pero este es un milagro que Jesús hace y que, hasta en la liturgia del Bautismo, está presente la expresión “Effatá”. Jesús con este milagro nos quiere transmitir algo mucho más profundo, más allá de la sordera física.

¿Cómo se acerca Jesús? ¿Cuál es su modo de proceder con las personas marginadas? Más allá de las palabras son sus gestos que están cargados de una compasión profunda, de una atención amorosa a cada hombre, ante el cual él está delante y se detiene. Manifiesta su interés por su vida, le importa, no se queda al margen, sino le hace sentir su cercanía y comprensión. El toque de Jesús está lleno de humanidad, de una mirada profunda, que al tocar al sordomudo le invita a que él dirija la mirada interior, la del corazón, al Dios de la misericordia.

En este Evangelio, Jesús también quiere recalcar la sordera que sufrimos tantas veces, de no querer escuchar a la voz verdadera, y nos hace centrar en nosotros mismos, ser seres autorreferenciales.

Este “signo” de Jesús, nos revela el deseo ardiente de vencer en el hombre la soledad y la incomunicabilidad, creadas por el egoísmo y privando al hombre de la escucha y del dialogo, de la comunicación y de la comunión con Dios.  Esto significa, que Dios ha creado al hombre, bien hecho, y una humanidad sin discriminaciones y sin exclusiones; sino para un mundo fraterno.

Decimos que vivimos en una sociedad de la “tolerancia”, donde todos tenemos un lugar… pero a menudo, quizás, nos damos cuenta de que somos exigentes e impacientes con aquellos que no comparte lo mismo, sean capacidades, religión o formas de pensar distintas. Hay un “no” rotundo. No nos damos cuenta. Es una experiencia que podemos ver en las calles, o en las noticias. No hace falta estar en una pastoral donde la accesibilidad de las personas con discapacidad no es fácil y tampoco es comprensiva.

Por esto, Jesús nos invita a ofrecer gestos de acogida, una comunión calurosa hacia todos los que son marginados, y superar la barrera de los prejuicios y las discriminaciones donde cada persona tiene el derecho de vivir en su plenitud por la dignidad que es ser hijo de Dios.

No es fácil salir de la “sordera cómoda”, supone esfuerzo. La sordera, de no oír a Dios, la sufrimos especialmente en nuestra vida cotidiana. A veces, ya no logramos escucharlo. Parece que vivimos en un mundo con muchos ruidos, donde las frecuencias se cruzan y la voz de Dios no es difícil de percibir. Son las frecuencias de una sociedad individualista, autosuficiente, donde Dios está fuera de moda o es inadecuado. En este cruce de frecuencias, podemos quedar con el “oído del corazón” atrofiado. Nuestro sentido interior puede correr un peligro, perder la capacidad de escucha, no escuchar al prójimo y a Dios y aislarnos.

Jesús, viendo la necesidad del hombre de comunicarse y salir de su aislamiento, lo toca con sus manos y lo recapacita para la escucha y para el diálogo. Jesús tiene una actitud humilde, lo hace desde la libertad del sordomudo, no fuerza procesos y  tampoco irrumpe, sino lo hace desde la búsqueda del hombre.

Que la palabra “Effatá” pueda abrir nuestro corazón a tantas realidades y sobre todo para poder ver y oír a Dios a través de su acción, pues Dios está continuamente dándose y revelándose.

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Jesús elige a los marginados como testigos

El Papa Francisco nos hace a nosotros como Iglesia un gran llamado: vivir y crear «la cultura del encuentro».

«La cultura del encuentro» significa que debemos incluir en nuestra vida, como cristianos, a las personas que se sientan marginadas. La sociedad no está adaptada para algunos colectivos. Son muchos los colectivos con necesidades y cada vez más surgen nuevas pobrezas en nuestra sociedad. Una sociedad que busca el perfeccionismo y que a veces opta por el bienestar y «ciertas seguridades» ¡Cuántas vidas que día a día no nacen por este motivo!

Quizás el hombre de hoy es más vulnerable y es incapaz de enfrentar el sufrimiento y mostrarse débil y necesitado. Sin embargo, no somos nosotros los dueños de la vida y no tenemos todo el control sobre ella. Aunque la medicina ha avanzado mucho, hay reconocer que todo es Gracia de Dios. La condición humana es débil y frágil. Cada día estamos expuestos a ella, no estamos libres de nada por muchos medios que pongamos, es Dios Quién lleva nuestra vida.

La cultura del encuentro es la cultura donde las debilidades y las fortalezas  están unidas y se encuentran continuamente. Un momento o una circunstancia de debilidad puede ser ocasión de fortaleza. Cuando en la vida hay una debilidad o fragilidad fuerte, podemos pasar por un momento de dolor, de sufrimiento, de shock, de negación, o de enfado, a un momento de aceptación hasta a la resiliencia. Nos hace más fuertes y testigos de un amor que es más fuerte, superando barreras y ciertos prejuicios que a veces tenemos.

La persona con discapacidad es un elegido de Jesús. Jesús la ha amado desde siempre y también se ha entregado en la cruz por ella, no tiene menos valor. En la cruz está el valor de cada ser humano. Jesús siempre amó a todos por igual, aunque tenía sus preferencias, los marginados en su época: los paralíticos, los sordos, los ciegos, los enfermos, la viuda, la adultera, etc. Jesús amó con todo su ser a cada uno. Cada persona se sentía conocida por Él, reconocido, respetado, amado, perdonado, y esto le llenaba a cada uno con una nueva alegría. Les daba sentido a sus vidas. Y eso se translucía, por ejemplo, en la curación del ciego, que después de la curación fue pregonero de la Buena Nueva. A Jesús le gustaba ir al encuentro de las personas marginadas, para hacerlas testigos. Las personas marginadas, excluidas, despreciadas a nuestros ojos, Jesús veía en ellas una belleza infinita y veía un lugar de encuentro. Eran personas marcadas por el sufrimiento, por la enfermedad, por la discapacidad. Jesús va a sanarlas y restaurar su dignidad plena.

La figura del ciego, que relata en el evangelio de San Juan, se veía como un castigo de Dios, un rechazo social. Jesús rechaza esta forma de pensar. El ciego no merece el castigo, sino que Jesús devuelve la vista, la nueva dignidad y le hace testigo de la misericordia.

Jesús sintió en primera persona el rechazo de los suyos, por eso comprendía muy bien el corazón de la persona marginada y excluida. Él mismo, fue excluido y marginado por curar los sábados, por decir que era Hijo de Dios. Excluido hasta en forma de morir, siendo Dios: ¿Cómo podía morir en una cruz como un ladrón?  Sin embargo, en la cruz Jesús instaura un nuevo amor, un amor fraternal y ve a todos los hombres dignos de su amor y de su entrega.

De este modo, Jesús nos abre una nueva visión de la vida y de la fe. Una nueva cultura del encuentro. Solamente, las personas que reconocen su fragilidad y sus límites pueden construir relaciones fraternas y solidarias en la Iglesia y en la sociedad. Cuando no reconocemos nuestros límites, diría que estamos “ciegos”. Somos humanos, sencillamente personas creadas por Dios, pero muy amadas por el Creador. Somos vasijas de barro, pero dentro llevamos un gran tesoro que es la infinita misericordia del Padre. Dios habita y cohabita en nuestras fragilidades y límites.